martes, 25 de noviembre de 2025

Un rincón de la memoria .

Mis pensamientos perdieron rumbo aquella mañana, bajo el dintel de una puerta, mientras veía llover. Entonces, la figura etérea de mi padre se presentó frente a mí. Por un instante me hundí en mis propios pensamientos, tratando de comprender cómo podía un hombre tan grande y tan robusto haber sido arrastrado así, como por el viento que mece las flores. ¿Habría su cuerpo entero olvidado el peso?
Simplemente estaba ahí.

Tenía la impresión de que aquellas palabras lanzadas por un anciano semejante auna aparición desconocida,  de piel pegada a los huesos,mirada luminosa y párpados rendidos por el tiempo, lo hubieran llamado, hubieran invocado a mi padre desde algún rincón de la memoria:

“Eres igual a tu papá.”

Entonces las palabras tomaron forma, tomaron fuerza.
Le arrebataron cada kilo a la presencia de mi padre, volviéndolo ligero como un recuerdo que respira.
Y allí quedaron… hondas, quietas como un latido antiguo; algo que ni el viento se atrevería a mover.
Porque era la presencia de mi padre respirando otra vez a través de alguien que aún lo reconoce en mí.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Mi último mini cuento

La Herida Luminosa 

Aunque no sabes quién es ella, la has visto alguna vez tal vez atravesando calles con pasos etéreos que apenas tocan el suelo. Una vez dijo que la tierra respiraba, y desde entonces procuraba no pisar los sueños de nadie.

Cada paso era un sonido distinto y todo parecía tener una voz secreta. Le gustaba el vapor que se levanta de una taza de café y se queda flotando como una incertidumbre. Y ella lo miraba con duda.

Pero las noches de lluvia eran distintas. Cuando los truenos caían como puertas que se cierran de golpe, algo en ella se contraía. Pensaba en los perros y gatos que corrían sin refugio, en los techos que goteaban, en los pájaros con las alas pesadas, en los gatos dulces y en las gotas golpeando sus frágiles cuerpos.

Sentía que la tormenta le pasaba por dentro y que los relámpagos eran recuerdos. Decía que las lluvias muy fuertes eran las palabras que el mundo hablaba cuando ya no podía más.

Y a veces pensaba que ninguna lágrima se pierde, que todas son guardadas en una redoma invisible. Cada lágrima tiene carácter, tiene una personalidad, tiene una plegaria.

Entonces no podía contenerse: se ponía sus zapatos apenas abrochados, o a veces salía descalza bajo el aguacero, con los brazos abiertos, como si quisiera abrazar todo lo que dolía afuera. Era la única manera que conocía de hablar con lo invisible.

Si la vida no se narra, se disuelve, pensaba. Narrar era su manera de permanecer. Así que comenzó a narrar. Con el temblor de su propio pulso, cada pausa, cada respiración, cada silencio, interpretando aquel mapa, aquellas decisiones invisibles que transforman lo intangible en una experiencia humana.

No quería precisión, sino significado. Por eso cada cosa, incluso la lluvia que la lastimaba, tenía su peso sutil. Sus pensamientos dolían como una herida luminosa.

Ya no sabía si lo que escuchaba eran truenos o latidos. No podía salvarlo todo, pero sí sentirlo y atravesarlo. La tormenta de afuera se fundía con la de adentro.

La lluvia finalmente se iba, pero todavía quería decir algo, como una nota suspendida en el aire. Tal vez no era la lluvia la que callaba, sino ella.

Este cuento fue mi participación en un concurso, y me alegra haber podido crearlo, haberlo dejado existir.


Ana José